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Lunes, 7 de abril de 2014

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san Juan Bautista de la Salle


Daniel 13:1-9, 15-17, 19-30, 33-62
Salmos 23:1-6
Juan 8:1-11

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crimen y castigo

"Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante" (Juan 8:11).

Las injusticias no son sólo pensamientos o sentimientos; estas son realidades. Por lo tanto, estamos obligados a poner un alto a las injusticias hacia los pobres además de empezar a reparar el daño cometido. Asegurase que se haga justicia con las víctimas es tan importante como reparar los efectos malignos de la ofensa cometida. Aplicar la justicia puede ser el primer paso hacia el arrepentimiento. Es esperado que el castigo que recibe el acusado esté en proporción con la falta cometida. Así es de esperarse que la mujer adúltera del Evangelio de hoy reciba su castigo. Los fariseos se preparan para apedrearla de manera que se haga justicia.

Fueron muchos los sorprendidos cuando Jesús no se une para ajusticiar a la mujer adúltera. Más allá de restaurar la justicia humana, la Misericordia Divina tiene el poder de transformar tanto a la víctima como a la sociedad en general. En un gesto que solamente el Amor del Padre puede realizar, Jesús asume en su propia carne todos los castigos destinados a la humanidad. De esta manera se convierte en nuestro redentor cuando fuera ejecutado en el Calvario.

Está puede ser la razón por la que Jesús "inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo" (Jn 8:6). Jesús está interesado en cada uno de nosotros; lo más probable es que estuviera pensando en los pecados de esta mujer. Así también tuvo que pensar en nuestros pecados y los pecados de todo el mundo. Jesús pensó en que iba a ser torturado y tirado al suelo; los clavos que atravesarían sus manos, su cuerpo colgando de la cruz. Pero lleno de un Amor infinito, Él se levantó y dejó ir a la mujer adúltera de la misma manera en que nos dejó ir a nosotros…sin condena (Jn 8:11). El Cordero de Dios, se condenó a Sí mismo para tomar el castigo justo que pagarían todos los pecadores de todos los tiempos. Jesús se condeno a Sí mismo a una muerte brutal e inimaginable por justicia y amor a nosotros.

Oración:  Jesús, yo soy Barrabas (ver Mt 27:16) La cruz era para mi castigo. Gracias a Ti por justificarme (ver Rom 5:1).

Promesa:  "Entonces la asamblea entera clamó a grandes voces, bendiciendo a Dios que salva a los que esperan en él" (Dn 13:60).

Alabanza:  San Juan nos anima a "dejarnos guiar por el amor de Dios, porque Jesús Cristo murió por todos".

Rescripto:  †Reverendísimo Joseph R. Binzer, Obispo auxiliar y Vicario general de la Arquidiócesis de Cincinnati, 18 de diciembre de 2013

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